Mi espíritu languideció en la oscuridad, pero asistí por casualidad a una clase especial de estudio bíblico
“Mami, mami, ¿cómo puedes estar dormida otra vez?”
Cuando mi hija me despertó, me di cuenta de que me había vuelto a dormir durante las oraciones, y me sentí muy culpable. Me abofeteé las piernas, pues se me habían entumecido luego de arrodillarme durante mucho tiempo, me puse de pie y me acerqué a la ventana. No pude dejar de recordar el pasado mientras miraba la clara y brillante luna suspendida en el cielo nocturno.
Comencé a creer en el Señor cuando era joven, y ya habían pasado 35 años. Debido a mi inmersión en la Biblia, me convertí en administradora de la Asociación de la Juventud Cristiana de mi iglesia, así como en maestra de la escuela dominical, y siempre serví al Señor con entusiasmo. En los últimos años, sin embargo, sentí que mi espíritu se estaba volviendo más y más sediento, no encontraba la Biblia muy iluminadora, y no podía reunir mucha energía cuando dirigía a los hermanos y hermanas en la clase de estudio bíblico. Anhelaba que el pastor me alimentara con sus sermones, pero siempre predicaba las mismas cosas viejas sin ninguna luz nueva. No estaba disfrutando lo que escuchaba, y mi espíritu no estaba siendo provisto. La mayoría de los fieles que venían a escuchar sus sermones se limitaban a observar las ceremonias religiosas y a cumplir con las formalidades. Casi nadie adoraba a Dios en espíritu y en verdad, y la situación en la iglesia iba de mal en peor. Ante estas circunstancias, continué estudiando la Biblia con la esperanza de encontrar el camino para recuperar mi fe, pero no encontré nada. En aquel momento, a menudo pensaba: “Mi espíritu se ha hundido y hasta me quedo dormida durante las oraciones. ¿Todavía creo en Dios? ¿Me abandonará el Señor?” Me sentía muy angustiada por dentro, y todo lo que podía hacer era seguir llamando al Señor, pidiéndole que me guiara.
